"El fuego olímpico se apagó"
- 8 ago 2016
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El pasado viernes dieron inicio los Juegos Olímpicos en Río de Janeiro, Brasil. La fiesta se vivió dentro del Estadio Maracaná, pero los ojos del mundo se perdieron de los enfrentamientos entre policías y manifestantes, se perdió de los lamentos de Dilma Rousseff y la llama que no calentó en ningún momento los corazones de los brasileños.
Con el motor del repudio, miles de brasileños se dieron cita en las calles de Río no para aclamar por sus deportistas, sino para evidenciar el falso mensaje que se quiere dar al mundo.
Para miles de protestantes la corrupción es el principal deporte de las autoridades brasileñas y Río 2016 es el pretexto ideal para seguir practicándolo.
El mundo no puede ser indiferente a los extradeportivo en un país sin presidente y en medio de graves problemas económicos y sociales.
Desde la redacción de Metrópoli, creemos que los juegos olímpicos son eventos que pueden unir naciones, pero repudiamos la represión e interponer intereses ajenos al pueblo para llevar una imagen falsa.

A todas luces, desde el Mundial de Brasil 2014, el país sudamericano no estaba preparado para organizar eventos de esta envergadura, pero sacrificó a su propio pueblo para llevarlos a cabo en una extraña y poco entendible necedad de mostrar al mundo el avance de un Brasil que dejó de crecer hace muchos años.
Esperamos que Río 2016 termine con calma, que la represión cese y el gobierno deje de mirar hacia afuera, que arregle lo interno, que escuche a su pueblo, y lo principal, que no gané la medalla de oro en corrupción.


















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